Siendo Hijo de dos cantantes de ópera, era inevitable la inclinación hacia la música desde niño, sólo que no era precisamente la ópera lo que me atraía, me decanté por el rock sinfónico y mi decisión de entonces, comienzos de los 80’s, era enseriarme en la carrera musical, mi madre (papá ya se había ido), insistía en que esa carrera no nos daría de comer, que no habían recursos, etc.
Rodaba 1984, caminaba cantando “Producto de Consumo” del grupo Témpano” y en medio de mi TSU en Electrónica, paso y de pronto entro a mi cine vecino, el Baralt,
No importa que proyectaban, sólo decidí entrar a ver cualquier cosa, lo que fuese, su nombre: Sueños Eléctricos (Electric Dreams).
Una comedia romántica en apariencia muy típica, pero resultó siendo un tórrido triángulo amoroso, entre una joven pareja heterosexual y un computador que accidentalmente desarrolló una gran inteligencia emocional,
Miles, un arquitecto nerd, se enamora de su vecina, una virtuosa ejecutante de violonchelo, Mientras Miles trabaja, el computador ejecuta piezas musicales para enamorar a su vecina, la cual por supuesta imagina que el músico es Miles, cosa que irrita a Edgar, si hasta nombre propio tenía la computadora esta, la cual se “auto educó” observando la TV las 24 horas.
Una escena de esa película, llamada como la pieza que se deja escuchar en ese momento: “El duelo”, podría describirse como un local “contrapunteo” entre los sonidos midis capaz de ser reproducidos en aquella época por Edgar y El chelo de la joven protagonista.
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